jueves, 26 de julio de 2012

¡Qué buen cumpleaños!

Un amigo querido fue padrino de bodas de su confraterno y la novia. Después de los ritos de baile entre consuegros y esposos, lanzamiento de la liga y del bouquet, bien entrada la fiesta de celebración, fue invitado al micrófono del escenario principal a decirles unas palabras a los recién casados; recorrió con su mirada enternecida por los amigos, las amigas y los familiares en medio del silencio expectante y conmovedor, alzó su copa y simplemente sonriendo y dirigiéndose a los novios, brindó y exclamó: ¡Qué buen cumpleaños!


La carcajada fue general y, al son de la banda y del conjunto, siguió la feliz fiesta de matrimonio hasta el amanecer para regocijo de todos.


Reacia a festejar mi propio cumpleaños de otro modo que con los míos, cuando todos los días celebro la vida a raudales, recibí este 16 de julio, 1747 mensajes y comentarios de distinta índole, a través de las redes sociales, diciéndome de uno u otro modo, felicidades.  Los especialistas en redes sociales dirían que mi radio de llegada es superior al promedio, considerando como agravante que tengo mi muro cerrado a anotaciones de terceros. Es, para mí, un dato extraordinario de calidad humana.


Los hay aquellos que simplemente cumplen con el recordatorio del Facebook en su página de inicio, de la nómina de cumpleañeros del día. 


Los hay los que no podían ser de otra manera y siempre regocijan, de la familia y las personas más queridas. 


Y también están los de las personas que menos te pensás y se toman el trabajo de poner atención a lo que escriben de forma de hacerte sentir un mensaje personal o quienes, además, se extienden con pensamientos acerca tuyo, de lo que hacés, de lo que les significás, que te descubren -aunque lo sepás- que algunas palabras o acciones tuyas les son importantes y reconfortantes.


Creo que anteriores años lo pensé. Esta vez quise escribirlo, más allá de haber agradecido uno a uno todos esos mensajes, porque me cierra una idea que me daba vueltas: ¿A quién le estás diciendo lo bueno o malo que era en un necrológico o en un velorio? ¿A quién le importa la solemnidad o la apariencia de un mensaje post mortem si estás casi segura de que la persona a quién se lo dedicás no va a leerlo ni saberlo?


Así que gracias por mi buen cumpleaños. Ya saben que no tienen nada más que decirme el día que falte en el mundo, ni gastar en diarios ni flores porque las flores, también, son para la vida, mirándonos desde el jardín o la maceta, entregadas en un ramo con un abrazo para alegrarnos desde un jarrón o regalándolas en un dibujo, una pintura o una fotografía.


Yertas en los funerales, como los yo lo te estimo póstumos, pierden el sentido personal, perdieron la oportunidad.


Mateando bajo el sol en el delta del Río de la Plata
(Julio de 2012)

sábado, 18 de junio de 2011

Algo quiero decir (ETWAS zu sagen)

Harto nos recuerdan de la historia del Colegio Alemán, de fundadores, maestros y alumnos, de quienes pasamos por sus aulas como escolares o como profesores; luego, como padres de familia:  hoy me nace decir, como madre de bachilleres… nuevamente.

Y como me tocó decir a nombre de mi promo Eitiguán en 1981, luego a mi hijo Ignacio egresado el 2000 del Colegio donde nació, hoy me tomo la libertad de decir algo también a quienes tienen 18, mi Mariana, mi Mauricio, mis pequeños y sus compañeros de historia escolar desde el jardín de infantes y que, hoy, concluyen esta etapa en la búsqueda de su propia vida:  “Alles zusammeln, Etwas zu sagen.”  No sé si lo escribo bien pero suena genial.  Todos juntos, algo que decir. 

En las antiguas aulas del Pestalozzi, después desde las frescas galerías con vista a los jardines arbolados en las que hice mi secundaria y ahora en el grandioso edificio que se erigió sobre las memorias del pasado, aprendimos otra forma de educarnos, con rigideces verticales, secretas protestas personales y gran esfuerzo de nuestras familias, accedimos a un modelo que, más allá de los contenidos y este idioma tan poco difundido en nuestra América, moldeó nuestro método de encarar el pensamiento.

Aún cuando las interpretaciones hubieran variado desde la Alemania de la posguerra -que nos trajo un director memorable- hasta el día de hoy, cuando la mirada se ha vuelto pragmática y seducida por el imperio del liberalismo, yo le regalaría a cada bachiller la frase que  Kurt Richter nos dejó la noche de nuestra promoción:  “Ustedes están listos para mejorar el mundo.  Empiecen por el suyo”.

Del Colegio Alemán, salimos sabiendo que éramos todos iguales pero distintos:  aprendimos a decir y no callar, adquirimos disciplina para las tareas, responsabilidad para los compromisos asumidos, respeto a las diferencias.  Supimos que éramos por lo que sabíamos y no porque lo que teníamos.

Ese profundo sentido de ser uno mismo nos ha hecho conocidos como “los alumnos del Alemán” porque aprendimos a usar la cabeza antes de “googlear”, a discernir lo correcto de lo que no lo es, dando antes que recibiendo.  Esto no se aprende leyendo o copiando, sino con el ejercicio permanente, es lo que nos queda después de las fiestas, los juntes, los viajes:  es lo que tiene verdadero sentido.

Que nos importe más que los títulos y los honores, más que los vestidos y los autos, más que los oropeles y lo fatuo, los recuerdos de nuestros compañeros y enseñanzas, de lo preparados que estemos para movernos con autonomía por el mundo, de la mano que aprendimos a sostener abierta a quien la precisa, del paso adelante que sepamos dar en defensa de un amigo, de la protección que demos al más débil, del apoyo que ofrezcamos a quien cayó en desgracia.

No importa cuánto hemos aprendido si no tenemos claro para qué y cómo compartir para contribuir con una sociedad que se aleja de los valores de nuestra casa.

Adolecemos de líderes, séanlo en lo que elijan hacer: en la ciencia, en el arte, en el deporte, en la política… aquella que nos impele a actuar a favor de los demás y a dar lo mejor de sí en lo que hagan.  Esa es la política verdadera, la que nos representa a nosotros mismos.  Los negocios dan dinero para comprar pero no honran la vida ni nos hacen más queridos.

Y reserven cada día un momento para sus padres, un momento para Dios, un momento para construir sus propias familias, un momento para el bien común, un momento para la buena vecindad.  Y no escatimen abrazos, abracen hasta reírse de sí mismos.  Sean felices como muchos, antes que ustedes, logramos serlo.

¡Enhorabuena y bendiciones!