Una se pregunta a veces cómo es que los padres no nos contaron de la época que vivieron en su juventud. Diremos que entonces la tecnología no permitía saber las cosas tan pronto, pero algo es innegable: estuvieron cuando pasaron las cosas más hermosas que hoy los analistas de la historia y de la cultura, denomina clásicos. Eramos unos chicos pensando en los Beatles, en el concierto por Bangladesh, en Woodstock, en Vietnam, en el mayo francés, en un Che recorriendo América y parte del único cambio americano, Cuba. Hoy nuestros hijos dirán que esas historias son parte de la prehistoria. Como tampoco nosotros tenemos la fluidez suficiente para explicarles que estábamos vivos y bailábamos rock, pop y otras músicas pensando que hablar por teléfono caminando era una cuestión más futurista que Las Guerras de las Galaxias y Rocky.
El mundo se nos volvió más rápido de lo que estábamos preparados y tuvimos más premura para que no nos pase por encima: hacemos lo posible por ponernos al tanto.
"Pero no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre, del silencio y del dolor de mi pueblo y de mi gente", decía Violeta Parra en los años de Chile latinoamericano y sojuzgado.
No cambia el amor, pero cómo cuesta. Henos aquí, padres en tiempo de la contemporaneidad, actuando -con las diferencias de forma- como nuestros padres. Antes, teníamos que aceptar lo que nos decían, estar a la hora de las comidas y de volver a casa; teníamos que pensar en la filosofía de la vida o en sexo, como nos viniera la mano, porque era tabú siquiera mencionar los temas. Tantas cosas que callamos, que no dijimos, que no eran parte de casa, de familia.
Y hoy, que nos toca ser grandes, ser padres, muy evolucionados, muy dueños de la verdad, no avanzamos en nada. Sólo encontramos otras formas de desviar la conversación. ¿Es tan difícil darnos tiempo para dar respuestas? Si sabemos cómo vivimos, cómo quisimos que nuestros padres nos pusieran reglas mínimamente acordadas con nosotros, si contamos cómo papá esto mamá aquello.... ¿no tenemos la capacidad de ser más grandes, más generosos, más sabidos de que el mundo que nuestros padres no captaron ahora sí somos capaces de entenderlo?
Cuando hay padres que dicen "somos amigos de nuestros hijos", sabemos que nos mentimos. El rol de padres y el rol de amigos es completamente distinto. Podemos ser cómplices, confidentes, proveedores, cobijo, pero en el sentido "amigos" como los tenemos, deberíamos saber que no es posible siendo padres.
"Tus hijos no son tus hijos, son hijos de la vida deseosa de sí misma..." dijo Khalil Gibrán. Y eso es indiscutible, como la sabiduría de la vida.
Podemos acercarnos tanto a nuestros hijos, como seamos capaces de ser nosotros mismos. Amigos, nunca. Porque la amistad nace de otras circunstancias, de otros afectos, de otras historias. Padres sí, es nuestro reto. Es algo para lo que no nacimos sabiendo, sino que lo aprendemos en el viaje junto a ellos. Estamos para relatarles lo que vivimos, lo que pensamos, los valores que tenemos, las cosas que soñamos... pero creer que ésa es una relación de amistad, es engañarnos. Tarde o temprano, los hijos esperan de nosotros una afirmación, una sentencia -en el buen sentido de la palabra-, una guía para que ellos opten por las opciones que les presenta la vida.
martes, 29 de julio de 2008
martes, 11 de marzo de 2008
Tres Arroyos
Paralela a la calle Colón, céntrica de negocios, tiendas, servicios y restaurantes, recorre la Avenida Moreno -hoy mucho más extensa que las diez cuadras principales que caminaba o andaba en bicicleta mamá en 1955. Al 936, está la casa de mis abuelos Vicente y Nemesia ,con el garage a cielo abierto, que deja ver el galpón del fondo, donde el abuelo tenía gallinas, herramientas de trabajo y el taller del camión. Alguna vez Juan Manuel Fangio y su hermano se detuvieron allí para arreglar un coche. Las persianas blancas de madera en las ventanas laterales continúan ahí y en el frente de la casa, hacia la vereda, donde estaba el jardín de rosales que daba al ingreso, agregaron una construcción -al parecer- para completar un agregado departamentito delantero.
Mamá no quiso, pero entramos hasta el fondo. No había nadie pero el galpón y las ventanas, el piso de cemento alisado del garage, cincuenta años, después seguían ahí.
Como la casa, ahora abandonada, pero incólume, de don Emiliano García el vecino inmediato, con el frente intocado, gris oscuro, de puerta altísima con ingreso al zaguán de piso de mosaicos y las ventanas altas con balconcito de reja torneada y postigos y persianas de principios del siglo pasado. 942, el número de la casa de don Emiliano, a pasos nomás de un locutorio moderno y pequeño, con cabinas telefónicas, servicio de Internet y venta de diarios del día, y a unos pasos más de la esquina con la avenida Libertad.
Mamá la recordaba de arena y ahora, asfaltada, la seguimos con la mirada por la jardinería al medio y en el centro de la intersección, la blanca estatua de la libertad con gorro frigio, alta, erguida, orgullosa, libre…
Al frente de la casa de mamá, ya no está la casona de los Díaz, la familia de la Chuchi. En su lugar, una casa de estilo inglés, más moderna, ladrillo visto. Ese lado de la cuadra cambió casi todo. Y a ese frente de la esquina Moreno y Libertad, se trasladó la panadería Tres Arroyos, de la media cuadra de don Silverio Díaz.
En la planta alta, que agregaron usando las viejas paredes frontales de la antigua casa, viven la Chuchi y su esposo Recari. Mamá prefirió no tocar timbre y cuando vi salir a un señor de edad de la puerta que parecía de acceso a la vivienda, se dio media vuelta y quiso irse. Parecía Recari
Linda señora Astrid Lundt, danesa y compañera de mamá desde la primaria en la escuela nº 8. Simpática, sonriente, con los dientes deshechos por la nicotina y con una tez blanca surcada de arrugas de buena persona. Ella vive en el campo con el esposo, producen trigo, avena y girasol, así como ganadería y lechones. Quince gatos, no sé cuantos perros y gallinas, dan vueltas por la casona que quedó grande cuando los chicos ya mayores hicieron cada uno su vida lejos del lugar. Ella hace manualidades danesas que son un primor: tela sobre telgopor de alta densidad. Y las expone en ferias, las vende. Tiene su pequeño departamento a la calle en Tres Arroyos y ahí pasamos un atardecer con mate y unas masitas de clara de huevo, azúcar y manteca, rociadas de café, muy dulces y delicadas, junto a Porota Rendo, una farmacéutica de rostro más que afable, delicado y bronceado, de ojos muy celestes y pelo rubio, quien nos alcanzó la reproducción de la foto de bachilleres 1956 y el cedé con la grabación de la fiesta de los 50 años de noviembre del año pasado.
Ahí apareció el Negro, Héctor Elcuaz, con sus 68 años.
El corazón se me apretó y exprimió un llanto incontenible por los ojos: es el vivo retrato del abuelo Vicente.
Cuando mi abuelo dejó Tres Arroyos para cuidarnos en La Plata, tenía esa edad en 1966. Y en 1975, 77 años. Qué cosa increíble, el sobrino y mi abuelo. El mismo dijo cuando me vio que para todo conocido, familiar y no, le decían del enorme parecido con su tío Vicente, “metódico, trabajador”. Hace 35 años que viaja al norte sin parar, lleva cereales, trae azúcar para fraccionar. Ahora el hijo y el yerno están a cargo de los camiones y del negocio. Se casó con una amiga de mamá, Norma, otra danesa de ojos azules y mucha simpática conversación. Tienen tres hijos: Liliana, Anahí, Gustavo Iván (Ian) y varios nietos. Como el Yiye, que en cuanto a vio a mamá después de 50 años puso en evidencia su memoria de elefante diciéndole "volviste Martucha" como si fuera unos días atrás, es hijo de Roberto,
Para el almuerzo, vinieron a buscarnos Astrid, Popón y el Negro Vaquerano, compañeros de la secundaria del Colegio Nacional. Simpáticos como los mejores. Popón ofreció llevarnos a Claromecó mañana, el balneario de Tres Arroyos y de la infancia de mamá, que ahora tiene una ruta recién asfaltada y queda a sólo 73 km. de distancia. Allá Luis, otro compañero de mamá, tiene balneario al mar, Samoa, y allá comeremos merluza. Hoy almorzamos en “La Argentina”, uno de los escasos restaurantes abiertos este viernes de semana santa. Mamá comió unos sorrentinos con salsa de cuatro quesos que ni te cuento. Compartimos un Traful tinto de tres cuartos y una charla más que rememorativa, actual y rica en anécdotas. Los que ya no están, los que no aparecieron, los que están y no se veían nunca y cómo ahora, los organizadores de la fiesta de 50 años se ven más seguido que se conocen toda la vida en tres meses. Popón es médico ginecólogo jubilado, estudió en La Plata y cuando volvió a Tres Arroyos, 45 años atrás junto a otro como él, los tresarroyenses dejaron de nacer con las parteras. Dice que en unos años, los bebés nacerán sólo por cesárea porque el parto natural es un sufrimiento innecesario. Comparto con él. Negro Vaquerano, heredó la farmacia del papá, siguió con ella y los hijos también. Más calladito, asiente las conversaciones de Astrid y Popón, que derrochan simpatía con mamá. Gente toda buena, la que conocimos. Linda
Huracán tiene un lindo club y un estadio –el antiguo- rodeado de nuevas tribunas e instalaciones desde que subió a Primera A, la sede de Quilmas está medio abandonada. La Cruz del Sur tiene una sede a todo dar, con canchas de básquet, bowling, gimnasios y allá donde era casi afuera de la ciudad, al otro lado de la avenida Libertad, sigue la pileta a la que iba mamá. La Biblioteca Pública está en el lugar de siempre con la fachada restaurada y en el antiguo Colegio Nacional, secundario de mamá, funciona la primaria Manuel Belgrano. El Nacional tiene unas instalaciones espectaculares donde era la plaza Dardo Rocha, al lado de la Municipalidad. Dicen que las jardineras centrales de las principales avenidas, antes de empedrado o entoscadas, fueron retiradas cuando decidieron asfaltarlas. Pero hace tres años las volvieron a construir y sobre ellas sembraron nuevos jazmines e instalaron las viejas farolas de Luz y Fuerza que conocía mamá. Fue en tu honor, mami, le dije, sabían que ibas a venir y querían que encontrés Tres Arroyos completa con todo lo lindo de antes y lo de ahora.
Y así está la ciudad.
Claromecó, en araucano, significa tres arroyos con junquillos o simplemente tres arroyos. Es la playa de la ciudad, queda a sólo 60 km. Está a salvo aún del consumismo y de la moda de la costa atlántica argentina como MardelPlata, Cariló, Pinamar o Villa Gesell, pero la modernidad está a la vuelta del próximo verano, seguramente. Los tres arroyos, Seco, Quequén y Cristiano Muerto, desembocan en el arroyo Claromecó que a través del viejo puente peat
La playa tresarroyense es tan amplia como las avenidas de la ciudad: fácilmente son 200 metros o más de arenas oscuras por el alto contenido de hierro y el mar, no tan frío a pesar de estar más cerca del sur patagónico, es seguro y también apto para la práctica de deportes marinos como surf, velero, etc.
A ciertas horas del día, el viento del sur sopla con intensidad, vuela la arena y no impide que el encanto de la naturaleza diáfana se haga sentir en uno mismo.
Con todos los servicios necesarios para una grata estadía, los frutos de la pesca fresca son la principal invitación para las comidas de Claromecó.
Samoa es el balneario de Luis Brito. En temporada llega a tener 38 empleados que atienden la playa, las clases de surf, la cocina y el restaurant. Es un parador rústico y acogedor con baños, duchas, vestidores, toldos y atención sobre la misma arena al lado del mar.
Popón Desperes, la señora y el hijo menor, estudiante del último año de medicina en La Plata de 23 años, fueron nuestros conductores por la ruta nueva sobre la que casi al llegar está la tranquera del campo de Astrid. Ellos tienen una casita linda a media cuadra del faro de Claromecó y a un par de cuadras, el gigante de la urbanización ya da grandes pasos con varias nuevas manzanas de lotes listas para la construcción.
Almorzamos mamá y yo cornalitos y file de gatuso con una ensalada de zanahorias y huevo duro. De postre, una bananita dolca, un suflé de chocolate y dos buenos cafés mientras le dimos duro a La Voz del Pueblo, diario tresarroyense fundado en 1902, y El Periodista, periódico mensual de apenas unos años, además de los cuentos escogidos por Ernesto Sábato de la literatura universal, un álbum de fotos de la vida de Claromecó y varias revistas de yoga, buena salud, debate y política.
Luis Brito nos contó sobre el gran número de conocidos operados de cadera que t
Claromecó es muy lindo, Dunamar también. Lindo lugar para vivir y para veranear, poca gente, gente amable, sin ruidos, con mucha playa y mucho mar. Casitas chiquitas, modestas, acogedoras, clase media. Sin las rimbombancias y pretensiosas construcciones de Cariló y con los mismos bosques y sombreadas calles que provocan a pasear y caminar sin rumbo o con rumbo al mar.
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